Reporte de Impacto del Primer Encuentro de Conversa Turismo

El Reporte de Impacto del Primer Encuentro de Conversa Turismo va más allá de un simple resumen: es metodología en acción. Es el resultado de un proceso reflexivo, concebido como una bitácora abierta de aprendizaje y mejora continua para seguir construyendo.


Su propósito es doble: registrar el camino recorrido en este primer encuentro y servir como herramienta para enriquecer futuras ediciones de Conversa Turismo. Permite identificar logros, aprendizajes y oportunidades de mejora. Nos impulsa a preguntar: ¿Qué queremos potenciar en los próximos encuentros? ¿Qué nuevas alianzas y enfoques podemos incorporar?

Este ejercicio reafirma nuestro compromiso con un turismo respetuoso y transformador, y da cuenta de cómo cada conversación, cada estrategia compartida, nos acerca a una manera que genera valor social, ambiental y económico.

Un espacio para reflexionar y actuar

Durante dos jornadas presenciales y gratuitas, gracias al apoyo del Centro Cultural España Córdoba y el financiamiento del Programa ACERCA – AECID, se desarrollaron las “Jornadas de Formación en Turismo Sostenible. Estrategias de Regeneración Cultural”, que abordaron ejes clave como:

  • La relación entre paisaje y patrimonio como sistema vivo.
  • La circularidad en el turismo.
  • La gestión del patrimonio natural y cultural.
  • El turismo comunitario y la memoria de las comunidades.

Conversa Turismo se planteó como un espacio participativo y abierto, donde las voces de asistentes, talleristas y moderadores fueron el motor de la reflexión, sin verdades absolutas.

Medir para aprender y crecer

Medimos el impacto con datos cuantitativos (asistencia, demografía, satisfacción) y evaluaciones cualitativas (calidad del contenido y experiencia). Medir no solo valida, sino que transforma las buenas intenciones en evidencia y conocimiento transferible.

¿Qué encontrarás en esta bitácora?

  • Análisis del cumplimiento de objetivos.
  • La contribución del evento a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
  • Principios metodológicos aplicados: Circularidad, Relaciones Vivas y Comunidades Protagonistas.
  • Perfil de los participantes y su procedencia.
  • Lo que valoraron asistentes y colaboradores.
  • Aprendizajes y proyecciones para nuevos territorios y formatos.

Más que un cierre, un punto de partida

Este reporte abre nuevas preguntas:
¿Qué queremos potenciar en próximos encuentros? ¿Qué alianzas sumar? ¿Cómo escalar este modelo a otros territorios?

Creemos en un turismo que genera valor social, ambiental y cultural, que respeta a las comunidades y se renueva mediante el diálogo y la acción colectiva.

Leé el REPORTE completo y descubrí cómo medimos, qué aprendimos y hacia dónde vamos

Turismo, gastronomía e identidad: sabores que cuentan historias

El turismo es una actividad que supone múltiples interrelaciones entre actores diversos que intervienen en la producción de bienes y servicios. En este entramado complejo, la gastronomía ha dejado de ser un componente accesorio para convertirse en una de las expresiones más poderosas de la identidad cultural de los territorios.

Hoy, los alimentos, las recetas y los modos de preparación tienen una capacidad inusitada para atraer visitantes. No solo motivan desplazamientos específicos —como los viajes gastronómicos—, sino que también permiten diseñar experiencias turísticas auténticas, profundamente conectadas con las comunidades anfitrionas. La cocina es, en muchos sentidos, una puerta de entrada a la historia, el paisaje y las formas de vida de un lugar.

Una experiencia inolvidable que queda grabada a fuego lento se vive en el paraje Bella Vista, en el noroeste cordobés. Allí, entre charqui, chanfoñia, zastaca, mote, ankua y mazamorra, Juana y Dora nos abren las puertas de su casa y nos comparten no solo sus saberes, sino también las memorias de su territorio. Esta vivencia, enmarcada en una propuesta de Turismo Comunitario, tiene un valor incalculable: no solo preserva la historia local, sino que la celebra a través de los sentidos.

La cocina es el espejo del territorio. Refleja su biodiversidad, sus tiempos, sus prácticas, sus dolores y sus celebraciones. Como dice una cocinera ancestral: «en el fogón se cuece lo que somos».

La identidad gastronómica se construye a través de la interacción entre el ambiente y la cultura. En ese sentido, es mucho más que un conjunto de platos típicos: es un lenguaje simbólico que comunica pertenencia, saberes heredados y vínculos con la tierra. Es también un recurso estratégico para el desarrollo turístico, en la medida en que permite diferenciar destinos, enriquecer la experiencia de los viajeros y fomentar la valorización de los productos locales.

El paisaje y la cocina conforman un sistema indisoluble establecido por las personas que habitan el territorio. A partir de esa relación íntima y cotidiana, se generan prácticas alimentarias que identifican a cada comunidad. Recuperar, visibilizar y promover estas prácticas es una forma de fortalecer la soberanía alimentaria, pero también de generar desarrollo con identidad.

En este contexto, pensar la gastronomía como parte esencial del turismo invita a revisar los enfoques tradicionales de promoción turística. Ya no se trata solo de mostrar atractivos naturales o patrimoniales, sino de crear experiencias que conecten a las personas con lo vivo, con lo cotidiano, con lo que no siempre se ve pero se saborea.

Córdoba —como ciudad y como provincia— tiene un enorme potencial para avanzar en esta línea. Sin embargo, a nivel local, las dimensiones que vinculan turismo, gastronomía e identidad aún han sido poco exploradas. No contamos con suficiente investigación que nos permita definir con claridad cuál es la identidad gastronómica de la ciudad de Córdoba ni cómo puede integrarse estratégicamente en las políticas públicas de turismo y cultura.

Esta ausencia de diagnóstico nos plantea una pregunta que es también una oportunidad: ¿Cuál es la identidad gastronómica de Córdoba?
¿Es una sola o son muchas? ¿Cómo se construye? ¿Qué saberes, prácticas, productos y memorias la sostienen? ¿Cómo pueden estas expresiones incorporarse en la planificación turística con perspectiva territorial, inclusiva y sostenible?

Responder estos interrogantes requiere de procesos colectivos, interdisciplinares y sensibles. Requiere salir al encuentro de quienes cocinan desde hace décadas, de quienes sostienen huertas familiares, de quienes transmiten recetas a través de la oralidad. También implica revisar los hábitos alimentarios urbanos, las fusiones culturales, las migraciones y las tensiones entre tradición y modernidad.

En definitiva, hablar de gastronomía en el turismo no es hablar solo de comida. Es hablar de vínculos, de pertenencia, de identidad y de futuro. Y es, sobre todo, una invitación a construir un turismo más humano, más sabroso y más arraigado.

#TurismoGastronómico #IdentidadGastronómica #TurismoConSentido #CocinaConHistoria #TurismoComunitario #SaboresDelTerritorio #CulturaAlimentaria #CórdobaConSabor

Turismo y cultura: un diálogo pendiente con mirada regenerativa

Por Sebastián Hissa y Evangelina Vaula.

Desde hace años, especialistas y actores culturales alertan sobre las prácticas que, en nombre del turismo, tienden a banalizar o estereotipar las expresiones culturales para atraer visitantes.

El turismo está pasando velozmente de ser una simple actividad recreativa a convertirse en un modo de vida, o al menos, un guión aspiracional de la sociedad moderna. El flujo de viajeros ha ido de los viajes iniciáticos en el origen del turismo moderno, con el Grand Tour, a la creciente presencia de nómades digitales. En constante cambio, esta actividad se presenta como un espacio de diálogo y reconocimiento cultural. Sin embargo, no está exento de desafíos, especialmente cuando las políticas turísticas terminan desdibujando las expresiones culturales de las comunidades locales y convirtiendo su patrimonio en una mercancía. La tensión entre ambos mundos (turismo y cultura) demanda un análisis crítico, propositivo y consciente.

Dean Mac Cannel plantea, en el ya clásico “El Turista, una nueva teoría de la clase ociosa”, que toda actividad turística es una actividad cultural. Debemos entender, para profundizar en la relación entre cultura y turismo, que las sociedades humanas se han desarrollado de la mano de la cultura. Sus manifestaciones, identidades, prácticas u objetos son el emergente de ésta. Por lo tanto, es imperioso comprender que, como toda actividad cultural (en el más amplio sentido de la palabra), el turismo responde a los modelos posibles de esa sociedad y su época.

Diversos autores argumentan que el consumo de experiencias (viajes, ocio, cultura) ha reemplazado al trabajo como fuente de identidad y realización en occidente. Para Bauman, la “modernidad líquida” es el emergente de estructuras sociales cada vez más efímeras (trabajo, relaciones, etc.) en que las personas priorizan la autonomía y las experiencias (viajes, recreación) sobre los compromisos de largo plazo. Este modo de vida da espacio a la aparición de más objetos y prácticas consumibles, ya que todo puede ser una nueva experiencia.

Desde hace años, especialistas y actores culturales alertan sobre las prácticas que, en nombre del turismo, tienden a banalizar o estereotipar las expresiones culturales para atraer visitantes. La gestión turística, en muchas ocasiones, responde a objetivos económicos y de imagen, con procedimientos que responden a ámbitos políticos separados de los de la gestión cultural. Este desacople puede traducirse en la reproducción de identidades estereotipadas, en la imposición de tiempos distintos a los de las comunidades y en la limitada participación de esas comunidades en la representación de su propio patrimonio. La pérdida de los sentidos profundos de las prácticas culturales es una barrera que ya se ha traspasado. Y uno de los motores de tensión entre los gestores culturales y los turísticos.

Frente a estos desafíos, surge la necesidad de replantear el modo en que concebimos y gestionamos el turismo. La clave está en promover un modelo que priorice la participación, el respeto y la valoración genuina del patrimonio cultural. Esto implica diseñar estrategias que fortalezcan las comunidades desde su propia perspectiva y que tengan en cuenta los saberes y ritmos propios, en lugar de imponer agendas externas. Así, incluir herramientas de mediación como la gobernanza colaborativa, los presupuestos participativos o los planes de gestión compartida permitiría no sólo problematizar, sino también orientar hacia procesos concretos de articulación intersectorial y comunitaria.

Un concepto que ha cobrado relevancia en este contexto es el turismo regenerativo, una lógica que va más allá de la mera sostenibilidad. Mientras esta última busca reducir el impacto negativo, el turismo regenerativo propone aportar a un impacto positivo en los destinos, fomentando la restauración de ecosistemas, comunidades y culturas. La idea es que tanto viajeros como comunidades sean protagonistas en procesos de recuperación, fortalecimiento y valorización, dejando un legado duradero y beneficioso para todos. En este sentido, sería enriquecedor incorporar estrategias orientadas a posicionar a las personas viajeras no sólo como consumidoras de experiencias, sino como aliadas conscientes y corresponsables. Esto podría incluir propuestas de turismo interpretativo con enfoque crítico, experiencias co-creadas con comunidades anfitrionas, instancias de devolución o reciprocidad simbólica y campañas de comunicación que promuevan valores de respeto, cuidado y participación activa. Incluir este enfoque permitiría fortalecer la dimensión ética del turismo regenerativo y ampliar su alcance transformador.

Este enfoque da lugar para pensar la cultura regenerativa, que apunta a revitalizar y fortalecer las tradiciones y expresiones culturales en las comunidades. No basta con preservar el patrimonio; se trata también de renovarlo y adaptarlo a los nuevos desafíos sociales y ambientales, garantizando así su resiliencia y vigencia en el tiempo. Estas ideas sostienen que el patrimonio cultural no debe ser solo un legado del pasado, sino un dispositivo dinámico que interactúa en el presente y que puede proyectarse hacia el futuro si se gestiona de modo participativo y respetuoso. En ese sentido, las políticas públicas y las prácticas turísticas deben ponerse a la altura de estas perspectivas, promoviendo espacios de diálogo y participación activa de las comunidades en la construcción de su propia narrativa. Algunas estrategias que podrían sumarse para fortalecer el enfoque regenerativo entre cultura y turismo incluyen la creación de mesas de diálogo multisectorial, donde los actores turísticos, culturales y comunitarios puedan establecer criterios compartidos sobre el uso, gestión y valorización del patrimonio; el impulso de presupuestos participativos culturales y turísticos que permitan a las comunidades decidir sobre proyectos o actividades que impacten en su entorno inmediato; el desarrollo de mapeos culturales colaborativos, donde se identifiquen los bienes tangibles e intangibles desde la mirada local y no solo desde la técnica o institucional; la elaboración de planes de gestión del patrimonio compartidos, con objetivos, indicadores y compromisos co-creados entre la comunidad, el Estado y el sector privado; y la formación en mediación cultural para trabajadores del turismo, de modo que puedan reconocer y respetar la dimensión simbólica y viva de los territorios.

Al mismo tiempo, es fundamental abordar las tensiones existentes, como la diferencia de ritmos entre la economía turística y las lógicas culturales, o la necesidad de democratizar el acceso a los bienes culturales, evitando que el patrimonio se convierta en una mercancía excluyente. La recuperación de saberes y tradiciones puede convertirse en una herramienta para generar valor social, ambiental y económico, si se diseña con una mirada regenerativa. Ahora bien, la noción de regeneración implica dinamismo y cambio, por lo que sostener el legado inmaculado en el tiempo puede ser contraproducente para su preservación.

En definitiva, transformar el turismo en una herramienta de gestión cultural significa reconocer que no es sólo una actividad económica, sino también un espacio de construcción identitaria, de participación y de respeto por las diversidades culturales y sus legados. Solo así podrá dejar atrás la visión extractivista y homogenizadora, y abrir paso a experiencias que regeneren la esencia de cada destino y fortalezcan las comunidades que los habitan. Este proceso requiere un compromiso conjunto de todos los actores sociales, políticos y culturales, y una mentalidad que priorice el valor local y la participación activa. Solo así, el turismo podrá cumplir con su potencial transformador y convertirse en un motor de protección, valoración y regeneración cultural y ambiental.

¡Hablemos de los eventos sostenibles!

Actualmente existe un consenso generalizado sobre la necesidad de replantear el modelo de producción y consumo de nuestras sociedades. Diversos estudios científicos demuestran que en los últimos años el planeta se ha alterado de forma drástica y sin precedentes en la historia de la humanidad, y que los efectos negativos de la actividad humana sobre la naturaleza pusieron en peligro la supervivencia de múltiples ecosistemas y especies, incluidas las personas.

En pos de atender esta problemática, las sociedades están comenzado a transitar el camino de la sostenibilidad, intentando abordar temas tales como la eliminación de la pobreza, la igualdad de género, la transformación de la matriz energética, la creación de empleo justo, la conservación de la biodiversidad, la buena gobernanza, la calidad institucional, educativa y de las ciudades, entre otras problemáticas.

Estamos aprendiendo. La humanidad entera está empezando a medir (literalmente) y a entender las consecuencias sociales y ambientales de nuestros hábitos, por lo que existen tensiones sobre nuestras prácticas y costumbres que están en revisión.

En este contexto, un evento sostenible es un espacio sociocultural, que genera aprendizaje en todas las personas que estén vinculadas a él, porque brinda una oportunidad para vivenciar los cambios y difundir un mensaje inspirador, realizando aportes significativos en la conciencia, a favor de una sociedad más justa y respetuosa con la naturaleza 💚

Complejo vs Complicado

¿Alguna vez pensaste la diferencia que existe entre lo complejo y lo complicado?

Complicado y complejo no significan lo mismo. Lo complicado alude a la dificultad de la tarea y es desmotivante, hasta el punto de que nos puede llevar a la inacción. En cambio, optar por lo complejo, debería entenderse como una invitación a conectar con el universo simbiótico, donde las personas colaboran un@s con otr@s, para beneficiarse entre ell@s y el entorno, empezando por casa.

Complicarse es promover el consumo desmedido, de productos y servicios vacíos en busca de una felicidad que ofrece respuestas de corto alcance y que reducen la complejidad en vez de afrontarla.

Complejo es lo circular. Complicado es lo lineal.

Complejo es crear una red vinculante que tiende puentes entre la naturaleza, las personas y la cultura, en la cadena de valor que tienen las cosas que compramos y en los servicios que contratamos. Una gran red que carezca de rostro, porque se sostiene de lazos, con todas sus tensiones y posibilidades. Complicado es estar sol@.

Complejo es trazar el camino hacia donde queremos llegar. Complicado es no saber a dónde ir.

Complejo es lo diverso, complicado es lo hegemónico.

Complejo es proteger la autenticidad de cada comunidad. Complicado es no comprender el valor identitario del patrimonio natural y cultural de cada región.  

Complejo es contribuir para ayudar a la construcción de un mundo mejor. Complicado es frustrarse con excusas.

Porque lo complejo nos indica que en el rito celebrante de todos los días, la semilla entiende que es el bosque en potencia.

Complicado es definirnos como consumidores. Complejo es comprender que el sentido profundo de que “somos lo que consumimos”, es apoyar el comercio local y adquirir bienes y servicios cuya cadena de valor sea respetuosa con la naturaleza y las personas. 

Complicarse es, para mí, eludir la complejidad que se cuece en las pequeñas decisiones que tomamos día a día y que dan forma a nuestra cotidianidad.

Complicado es no comprender que lo complejo es elegir la mejor manera de vincularte con vos y con estos maravillosos y diversos ecosistemas vinculantes entre sí que forman el universo.

Mi nombre es Evangelina Vaula y creé antídoto para celebrar lo complejo y huir de lo complicado.

Día del árbol: ¡hablemos de su importancia en el espacio urbano!

Los árboles son mucho más que un ornamento urbano, aunque son grandes protagonistas de su paisaje.

El concepto de arbolado urbano incluye, además de una exigencia estética, servicios ambientales imprescindibles para mejorar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades. Su presencia es importante porque depuran el aire, aportan humedad y sombra, regulan la temperatura, dan cobijo a la biodiversidad urbana e impactan positivamente en la psicología de las personas.

La temperatura cerca de los árboles es más fresca. Cuanto más grande sea el árbol -o el conjunto de ellos-, mayor será la capacidad de absorción de calor. Esto quiere decir que, la presencia de los árboles en las ciudades determina una clara disminución del efecto Isla de Calor –se estima que disminuye la temperatura entre tres y diez grados- dependiendo de la época del año. Pueden disminuir el consumo de energía en aires acondicionados en casi un 30%, lo que conlleva a una importante disminución del consumo de combustibles fósiles en la producción de electricidad.

Los árboles son vida. Generan biodiversidad, la vida florece entre sus raíces y ramas. Limpian el aire, sus hojas y corteza atrapan las partículas diminutas -y peligrosas- generadas por la combustión de los autos, colectivos, motos, entre otros.

Reducen considerablemente la contaminación atmosférica porque absorben gases contaminantes como monóxido de carbono, dióxido de azufre, nitrógeno, ozono, y partículas como el cadmio, el níquel y el plomo. La absorción de dióxido de carbono de la atmósfera + el almacenamiento de carbono en la biomasa vegetal + el efecto de enfriamiento de las zonas urbanas en las épocas estivales, hacen de los árboles una herramienta muy eficaz para combatir el efecto invernadero.   

Se pueden construir barreras sónicas utilizando el arbolado como una pantalla vegetal porque absorben y bloquean el sonido, reduciendo la contaminación acústica. El ruido aumenta la secreción de adrenalina, altera el comportamiento normal de las personas y afecta su salud. Vivir cerca de los espacios verdes puede disminuir la presión arterial alta y el estrés.

Amortiguan las lluvias cumpliendo una función muy importante en los procesos hidrológicos urbanos, al reducir la velocidad y el volumen de la escorrentía de una tormenta, interceptan y retienen el flujo de la precipitación pluvial que llega al suelo.

Una buena planificación de arbolado urbano trae beneficios ambientales como la retención del agua de lluvia, filtración de polución del aire, refugios de fauna silvestre (sobretodo de pájaros), atenuación de ruidos, retención de polvo en suspenso, reducción de isla de calor. Beneficios sociales porque mejora la salud mental y física de la población, embellece el paisaje y fomenta la conciencia ecológica. Finalmente, el arbolado urbano, posee beneficios económicos como la valorización de las propiedades privadas y de la identidad barrial.

Sus raíces nos narran la historia del mundo. Honremos a todos los árboles que habitan nuestro planeta todo los días.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar